Las fotografías de sociedades indígenas y poblaciones negras tomadas en Latinoamérica a finales del siglo XIX y principios del XX, fueron en gran proporción usadas como objeto de estudio antropológico o como registro de curiosidad de circo. Estas fotografías han sido convertidas en pinturas en óleo emulando el estilo figurativo academicista que tanto se quiso imitar en nuestro país durante esa época y que se reforzó con el nacimiento de la Escuela Nacional de Bellas Artes en 1886, donde los artistas colombianos viajaron a Europa para traer el refinamiento plástico directamente desde el viejo mundo, como parte de un proceso civilizatorio que veía en la herencia española el más apropiado referente de buenos genes y alta cultura hacia donde se debía dirigir el proceso modernizador cultural latinoamericano. Estas, instaladas dentro del museo y al lado de pinturas de finales del siglo XIX y principios del XX van creando un universo propio por medio de un “arte de la simulación”, configurando nuevos signos, de donde sería importante tener como referencia algunas ideas de Baudrillard, según este autor (…) “la más alta función del signo es hacer desaparecer la realidad y, al mismo tiempo, enmascarar esta desaparición. El arte no hace otra cosa. Hoy, los medios masivos no hacen otra cosa”. Por eso están condenados al mismo destino.

En este sentido, el discurso decolonial que le podría dar significado a este proyecto, aunque cumple la función de enunciar una realidad pasada, envolviéndola en una caja de cristal al llevarla a un espacio expositivo, también termina encubriendo desde la simulación su realidad anterior. Por ende, consideramos que un ejercicio de corrección política desde el arte siempre va a estar incompleto, en el sentido en que no confronte su propia ilusión, más cuando su única función se encierra en discursos que también son simulados y alejados de alguna transformación o influencia directa en la realidad. Bajo esta reflexión, aparece un elemento final, en el cuál, en medio de estas imágenes dignificantes de representaciones de vidas y tiempos pasados, surgen como fantasmas infiltrados las voces de los zoológicos humanos del tiempo presente, que sobreviven como espectáculo cotidiano a la vista de todos.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *