Last Updated on 21 junio, 2022 by mimuseo

Excursión en el páramo San Turban (pastel y carboncillo)

Lugar: Museo de Arte del Tolima

Fecha: Del 8 abril al 22 de mayo del 2022

Curaduría y museografía: Mónica Meira

En su serie de pinturas sobre el páramo, Mónica Meira sumerge al espectador en este ecosistema montañoso a través de grandes espacios pictóricos que nos envuelven y que al mismo tiempo se repliegan sobre sí mismos. Característico de las zonas ecuatoriales a una altitud de más de 3000 metros, el páramo es un lugar tan misterioso como sagrado: los arbustos y la flora paramuna son notables por su extraña apariencia y existencia en medio de lo que parece como una especie de desierto húmedo, pero es sobre todo su capacidad de retener y entregar agua lo que lo convierte en un santuario sagrado. A medida que se sube a un paramo, el oxígeno se hace más fino y difícil de respirar, los árboles van quedando atrás, y la extensión del lugar se amplía a simple vista. En las indagaciones de Meira sobre este paisaje único, capta precisamente esta atmósfera ambivalente; más que representar las características científicas del ecosistema, sus pinturas evocan su ambiente.

Los ángulos y colores de esta serie recogen la fragilidad del páramo: como si se tratara de paisajes lunares, las faldas de las montañas aparecen teñidas de amarillos en medio de luces y sombras de carboncillo; en otros casos, unas luces tenues de tonalidades cobrizas cubren el lienzo entero. Sus lugares –varios de ellos atravesados diagonalmente por zonas acuosas, ríos y lagunas blancas o azules cristalinas—evocan un mundo desconocido, poco explorado, de difícil acceso. El uso de múltiples perspectivas en una sola imagen –a veces fundiendo tres o cuatro puntos de vista en un solo espacio pictórico—nos obliga a recorrerla con nuestros ojos una y otra vez. Si bien suelen predominar los ángulos aéreos, como si viéramos el paisaje desde arriba, la sensación predominante es que quedamos absortos por un espacio vasto de infinitas posibilidades.

Como en otras obras de Meira, estos paisajes extensos están puntuados por pequeñas presencias humanas y animales. En Inmunidad de rebaño No.V, cuyos rojos venecianos quedan entrecortados por un río blanco, un grupo de ovejas nos observa desde un primer plano, mientras que sus cuerpos se funden con del paisaje. Sus pieles blancas reflejan los marrones de su entorno, al mismo tiempo que sus cuerpos plateados le hacen eco al río brillante. El efecto general es el de un lugar silencioso y detenido en el tiempo. Las figuras humanas, en cambio, no parecieran pertenecer a estos lugares: son más bien intrusas, exploradores y montañistas, cuyos trajes a veces parecen más espaciales que otra cosa. Es el caso de Nueve lagunas, un acrílico sobre lienzo, en el que la verticalidad del paisaje desestabiliza nuestro sentido espacial, mientras que tres figuras ascienden y se alejan simultáneamente por entre las manchas rocosas y las lagunas azules que dividen el terreno. Mientras que las ovejas nos miran o simplemente están, los humanos casi siempre llevan a cabo una acción: recogen, mueven, transportan, usan escaleras, remueven el piso. Pero no lo hacen al unísono, como en el caso de las ovejas, sino que funcionan más bien solitariamente; algunos de ellos, a su vez, son observados por otras figuras. Estas tensiones entre las presencias humanas y los paisajes desérticos evocan el tiempo detenido de la pintura metafísica del siglo XX de los italianos Giorgio De Chirico y Giorgio Morandi.

El continuo ir y venir entre un microcosmos y el macrocosmos resuena también con Pieter Brueghel el viejo y con otros artistas nórdicos del Renacimiento que inauguraron el paisaje como un género independiente de los temas narrativos tradicionales del arte, es decir, de los asuntos bíblicos o mitológicos. De forma similar, las obras de Meira parecieran tener una gran afinidad con las rocas fantasmagóricas de Joachim Patinir, quien inauguró un tipo de representación paisajística conocida como “paisaje del mundo”, es decir una vista panorámica que pareciera incluir una imagen completa del mundo. Con tonalidades de azules brillantes y casi plateados, Patinir enfatizaba la vastedad del espacio al marcarlo con pequeñas figuras cuyos gestos los identificaban con una iconografía religiosa. En el caso de Meira, se trata más bien de figuras anónimas y genéricas, aunque algo de estas imágenes de santos permea sus obras; no en vano aparecen también algunos leones, como posibles referencias a otras de sus obras en las que aparece explícitamente San Jerónimo, el santo ermitaño por excelencia. Los santos ermitaños aparecen naturalmente en las pinturas del Renacimiento nórdico, pero en las obras de Meira, si bien existen esas alusiones ocasionales a una iconografía específica, por lo general aparecen reencarnados en las pequeñas figuras que indagan y buscan en medio de paisajes desolados.

Así, esta serie representa la naturaleza del páramo, imprimiéndole un ambiente de ensoñación, a la vez que evoca y dialoga con artistas del pasado. Las series son siempre indagaciones y diálogos consigo mismo: exploraciones reiteradas de un mismo tema, cuyas variaciones reflejan un proceso creativo más que un resultado final. Vista como un todo, la serie pareciera reiterar una perspectiva que nos confronta más bien desde el punto de vista de la naturaleza que desde el humano: así, sus espacios nos envuelven y nos sumergen desde distintos ángulos por entre las faldas de las montañas y los espejos de agua permanentemente presentes en cada una de estas imágenes.

Patricia Zalamea / Profesora asociada -Departamento de Historia del Arte /Universidad de los Andes, Colombia

Entrevista a Mónica Meira https://bit.ly/3HFnjK5

 

 

 

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