Un claro de luz que entraba por la ventana me permitía observar un destello que resplandecía sobre el vaso de metal puesto en la encimera de la cocina. Aquella aparición solo entraba por un instante, tiempo suficiente para que el cálido color recorriera la forma cilíndrica del vaso mientras iba desapareciendo lentamente por culpa de la oscuridad que perseguía con vitalidad aquel brillo de luz hasta envolverlo por completo en su regazo. Mi altura que coincidía con el de la mesa, apenas me dejaba ver el espectáculo que transcurría ante mis ojos, sin embargo, sin titubear trataba de aprehenderlo sobre aquel block que me regaló mi papá. De manera imprecisa pero lleno de emoción y seguridad apretaba el lápiz fuertemente tratando de obligarlo a que recorriera la ruta trazada por mi incipiente cabeza, las líneas que iban surgiendo esbozaban sobre el papel blanco una imagen curvilínea con direcciones constantes y de distintas intensidades.

Después de un momento con la mirada pausada pero fija sobre el blanco relumbrante paré para observar lo que estaba haciendo, hasta que un impulso me llevó nuevamente a empuñar el lápiz para arremeter contra aquel tenebroso soporte blanco que me enfrentaba de manera estática, hierática y silenciosa,  pero era muy extraño, puesto que el pasar del tiempo me había brindado conocimientos suficientes para poder emprender con tranquilidad aquel soporte, sin embargo, los maestros de la Nacho como la llamábamos jocosamente, me recordaban sin piedad lo inexperto que era y la falta de conocimiento que tenía. Mientras más pasaba el tiempo el blanco del lienzo quedaba sepultado bajo los pigmentos que se hilaban entre sí, en tanto los esfuerzos enérgicos que el cuerpo ejercía sobre el soporte se fueron pausando cada vez más, puesto que necesitaba pensar cada color que iba sobre el otro, al decirlo así tan escuetamente parece fácil y suena sencillo, pero, buscar el color preciso que se ajusta a todo el universo que habita sobre ese espacio bidimensional es sin duda el karma que alienta a cada pintor, porque es ese tono no es ninguno otro, sólo es ese dentro del abanico infinito que nos brindan los pigmentos. El paisaje seguía construyéndose, pero se iba dando cada vez más colorido menos gris, cuando lo inicié los colores estaban más oxidados menos vibrantes a pesar de que el modelo me brindaba bastante luminosidad por el incandescente sol de Prado.

Me esforzaba en buscar la armonía que residía en mi cabeza tratando de recordar las enseñanzas de Cézanne, pero dando rienda suelta a los movimientos circulares, líneas rectas, manchas grandes o pequeñas pinceladas que se fundían como fondo y figura al mismo tiempo. Nuevamente me detengo para observar lo que hago, aún con más confianza recordando al niño intrépido que inició la historia, pero con más madurez y precisión, la pintura comienza a dejar espacios más amplios, los planos de colores ya dejan de repetirse continuamente puesto que la cabeza y el hacer están alineados, están orientados a un  mismo lugar, los contrastes tonales se hacen evidentes sin que extrañamente se vuelvan disonantes, es como controlar lo prohibido, lo indebido que tanto repetí en las clases que orientaba, las delgadas capas de pigmento son más protagonistas que los gruesos empastes que se veían anteriormente y es porque el color se vuelve más exacto no hay que repetirlo, las palmeras se vuelven líneas, los frutos se vuelven puntos y los cielos se vuelven planos, dando forma a las teorías de Kandinsky.

Mirar en retrospectiva me reafirma lo desbordante y variada que es nuestra naturaleza, naturaleza que me sirvió de excusa para crear un lenguaje pictórico que pretende entrañar en un territorio que nos marca, que nos afecta, lenguaje en el que planteo una mirada directa de NATURA y que se hace a partir de una especie de inmersión transitando por diversos territorios, salvando la escala, tratando de superar el mero hecho visual, adentrándome en los rincones más profundos con todos los sentidos despiertos jugando a ser hormiga y a la vez gigante”.

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