Exposición

Alberto Soto Jiménez - Una revisión a quince años de su partida

Lugar: Museo de Arte del Tolima

  • Fecha: Del 5 de octubre al 5 noviembre 2023
  • Lugar: Museo de Arte del Tolima
  • Curaduría y museografía : Luis Fernando Bautista / Cristhian Moreno

  • Alberto Soto Jiménez (1927-2008)

    Una revisión a 15 años de su partida

     

    Una parte importante de la labor misional del Museo de Arte del Tolima es la revisión y recuperación de las figuras que en su momento hicieron aportes destacados al desarrollo de la plástica local, reuniendo piezas considerables que permitan reencontrar al público con sus obras, a la vez que se realizan y promueven investigaciones que compilan material de archivo y organizan información, que muchas veces resulta difusa o se haya dispersa.  Estos ejercicios de memoria requieren del esfuerzo aunado del equipo multidisciplinario del museo, del decidido apoyo económico del gobierno y de coleccionistas y herederos que generosamente nos permiten reunir un corpus de obra suficiente para la construcción del guion curatorial.

     

    En esta oportunidad, como en el pasado lo hicimos con Julio Fajardo (1910-1979) y Jorge Elías Triana (1921-1999), nos acercamos a un artista fundamental en la conformación de la escena artística local hacia la mitad del siglo XX, como lo sería el ibaguereño Alberto Soto Jiménez, quien de 1956 a 1958 fuera el primer coordinador de la Escuela de Bellas Artes y profesor, tanto en Ibagué como en Bogotá, de la generación de tolimenses que brillarían en la escena nacional en las décadas siguientes.   

     

    De ancestros antioqueños Alberto Soto Jiménez, el autor de ese mural, había nacido en Ibagué en 1927 y descubierto de manera temprana su vocación por la pintura en Medellín, adonde la familia se había trasladado. Allí pasó fugazmente por el Instituto de Bellas Artes, siendo discípulo en 1943 de Eladio Vélez (1897-1867) y Pedro Nel Gómez (1899-1984), al igual que sus amigos y compañeros de generación Camilo Isaza (1928-2002) y León Posada (1923-2010), todos ellos notables acuarelistas con los cuales Soto compartió pasión y conocimientos, además de sus primeras exposiciones. A los 20 años ya era asistente de Pedro Nel Gómez en la elaboración de un mural y a los 23 realizó su primera muestra individual con una selección de acuarelas, en el Museo Zea de Medellín, (actualmente Museo de Antioquia); y aunque Gómez lo presentaba como su alumno, Soto siempre se consideró un pintor autodidacta. Posteriormente viajó dos años por Europa, donde se encontraba estudiando Isaza. A su regreso participa en un Salón de Tejicondor en Medellín y, en el Primer Salón de Pintores Tolimenses en 1953 y hace su segunda individual en las Galerías de Arte Leo Matiz en Bogotá, allí había hecho sus dos primeras individuales su joven amigo Fernando Botero (1932-2023).

     

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    A partir de 1954, junto a Marco Ospina (1912-1983), y los tolimenses Darío Jiménez (1919-1980), Mardoqueo Montaña (1922-2006) y Julio Fajardo (1910-1979), hace parte del equipo de artistas que diseñaban los vitrales que eran elaborados en el taller Vitrales CIDAG, para los proyectos del arquitecto Juvenal Moya (1921-1958), quien inspirado en el brasilero Oscar Niemeyer (1907-2012) inaugura la arquitectura religiosa moderna en Colombia. Diferentes fuentes afirman que Soto diseñó más de 2.600 metros cuadrados de vitrales, incluyendo los del Colegio San Simón en Ibagué, el Instituto de Formación y Orientación Social de Cundinamarca, la Universidad de San Buenaventura y el Colegio Virrey Solís en Bogotá, así como varias iglesias en Pereira y algunas residencias privadas.

     

    Hacia 1955 lo encontramos en Ibagué supervisando la instalación de sus vitrales para la capilla del Colegio San Simón, joya patrimonial de Juvenal Moya, haciendo el conocido mural El hombre y el paisaje tolimense del antiguo Café Grano de Oro y uniéndose a los tolimenses Jorge Elías Triana, Julio Fajardo y Mardoqueo Montaña en los esfuerzos por conseguir la apertura de una Escuela de Bellas Artes, hecho que logran convenciendo al gobernador civil y militar, el coronel César Augusto Cuellar Velandia, en octubre de ese año. Y aunque Soto era el más joven de todos, sería el primer coordinador de la Escuela, que pronto haría parte de la Universidad del Tolima. Soto se encarga de conseguir el local en un caserón del centro, los caballetes y materiales, comenzando a dar clases hacia abril del año siguiente. El programa pronto traería profesores que se sumarían al talento local y a partir de 1959 tendría un pénsum adscrito a la Escuela de Bellas Artes de la Universidad Nacional, junto a un programa que promovía terminar los estudios en Bogotá, y un intercambio de profesores que permitió a Soto regresar a Bogotá donde fue profesor de la Nacional durante 7 años. Entre sus alumnos destacan los tolimenses Edilberto Calderón (1940), y Carlos Granada (1933-2015).

     

    La ferviente actividad de Soto Jiménez durante este periodo lo lleva a participar con sus naturalezas muertas del X Salón de Artistas Nacionales en 1957, evento que no se celebraba desde hacía cinco años, hecho que repite en el XII Salón Nacional del 59. Ese año realiza una nueva exposición individual en el Museo Zea de Medellín y gana el segundo premio del Salón de Pintores Colombianos en Ibagué. Dos años más tarde recibirá una mención en el mismo certamen.

     

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    La obra de Soto en estos primeros años, cuando se sale de los temas habituales de la época, paisajes, bodegones, desnudos y retratos, tiene una cierta inclinación hacia asuntos sociales, que la acerca a trabajos de Fajardo, Triana y Pedro Nel Gómez, como: Maternidad, Campesino, Cartelera y Campesina con frutas; todas de finales de los cincuenta. Sin embargo, en lo pictórico y estilístico, denota una influencia de lo que se ha denominado la Escuela de París, una heterodoxa reunión de pintores de la primera mitad del siglo XX que, incluyendo al Picasso juvenil, navegaban entre el posimpresionismo y el expresionismo, tendencias que inquietarán abiertamente a Soto hasta el final de su vida.

     

    En la dura contienda política entre liberales y conservadores que comienza en los años cuarenta y concluye con la llegada de la dictadura de Rojas Pinilla, los intelectuales liberales vieron con buenos ojos a los artistas que por cercanía con México o Moscú denotaban una clara inclinación de izquierda, como era el caso de Jorge Elías Triana, Ignacio Gómez Jaramillo, Marco Opina, Pedro Nel Gómez, Luis Alberto Acuña, Luis Fernando Robles, Alipio Jaramillo y el mismo Alberto Soto Jiménez, entre otros. Artistas que siendo vetados por los gobiernos conservadores, fueron de cierta manera protegidos durante la dictadura. Comenzando el periodo del Frente Nacional, con la posición beligerante de Marta Traba y los ataques desde Washington a todo arte nacionalista, estos artistas pierden el apoyo del establecimiento que pondrá sus energías en la consolidación del arte moderno con artistas como Obregón, Grau, Botero, Villamizar y Negret, relegando a los otros a un extraño ostracismo.

     

    Acuarelas y dibujos de Italia y Grecia fechados en 1962, dan testimonio de un viaje por Europa, que realizó, al menos parcialmente, en compañía de Pedro Nel Gómez, y quizás por esa confrontación entre el viejo y el nuevo orden, es que asume la dirección de la nueva etapa de la Galería del Café El Automático, emblemático tertuliadero del centro de Bogotá, que será reinaugurada el 14 de abril con una muestra de su obra junto a la de sus amigos Marco Ospina y Pedro Nel Gómez. Allí participa en otras colectivas al lado de Marco Ospina, Enrique Grau (1920-2004), Ignacio Gómez Jaramillo (1910-1970), el mismo Pedro Nel, y hará individuales de Astrid Álvarez (1933) y Jesús Niño Botía (1928-2008), entre otros.

     

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    Desde 1963 hasta 1972, muestra su trabajo principalmente fuera de Colombia, periplo recogido por Carlos Orlando Pardo en las entrevistas que le haría para el libro Pintores del Tolima siglo XX y que actualmente están en la plataforma Tolima Total. De acuerdo a ellos en 1965 regresa a Europa para exponer en La casa de la amistad en Moscú y en la Galerie V lidicich de Checoslovaquia, donde recibe una mención y “su Exposición de Acuarelas ha viajado por las galerías de Bellas Artes en México en 1963, la Acosta de San Salvador en 1966, la Feria Internacional de Lima en Perú en 1969, la Galería Central de San José de Costa Rica en 1971 y la Galería Colombia de Panamá en 1972”. En 1968 realiza una individual en la III Feria Internacional del Salvador y en 1971 lo encontramos en México exponiendo sus óleos en la Galería Torres Bodet de Guadalajara y participando de una Bienal internacional al año siguiente, momento en que también expone sus óleos en la Galería Las Américas en San Juan de Puerto Rico.

     

    Desafortunadamente, de este prolífico periodo internacional no tenemos casi piezas en esta exhibición, pero el óleo “Monturas 1” de 1972, que denota cercanía al trabajo de Obregón y Botero de finales de los cincuenta y a su vez influencia del español Antoni Clavé, permite suponer que debió acercarse por momentos al modernismo.

     

    Aunque fue declarado fuera de concurso en un salón regional de la Gobernación del Tolima en 1976, afectado por la trágica pérdida de su hijo mayor en 1974, se mantiene prácticamente alejado de la pintura durante una década y vuelve a ella por la insistencia de coleccionistas y amigos que logran que retome los pinceles para hacer un mural en la clínica Cardio Infantil de Bogotá. Durante esos años alejado de la pintura tiene una destacada labor como decorador de interiores de pabellones feriales e importantes residencias privadas.

     

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    Una nota del periódico El Espectador de enero de 1984 anuncia la próxima muestra de Soto en la Galería Diners de Bogotá, luego de 22 años de no exponer en Colombia; y el escritor y crítico Mario Rivero dedica la carátula y las páginas centrales de la Revista Diners a elogiar su obra, que califica de realista, distanciándola del hiperrealismo de desnudos de “Playboy” y en la que dedica buena parte del texto a descalificar el arte abstracto, que considera alejado de la comprensión del público.

     

    Este aclamado retorno de Soto a la pintura, acompañado de una prolija actividad de exposiciones dentro y fuera de Colombia, coincide con la muerte de la crítica de arte Marta Traba en el accidente de Barajas en noviembre de 1983, y al examinar el proceso de otros de los artistas de esa misma generación, que por diferentes motivos habían sufrido los ataques y el ostracismo de la poderosa crítica Argentina, como Jorge Elías Triana o Gonzalo Ariza, entre otros, vemos cómo también ellos toman un segundo aire, tienen un decenio fecundo y un regreso exitoso al mundo de las galerías y las exposiciones. Además, es muy notorio que lo hagan con temas y formas de pintar que Marta Traba y otros críticos habían menospreciado desde finales de los años cincuenta, en apoyo de la abstracción, el arte pop, un realismo radical y el incipiente arte conceptual de aquel entonces.

     

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    A partir del retorno a la pintura en la década de los ochenta, vemos un trabajo que lo podríamos definir como el “Estilo Soto”, anclado en una figuración de vago naturalismo, lejos de compromisos sociales y políticos, donde su expresionismo, con un color cocinado en gamas altas, utiliza pautas formales iniciadas en tiempos de Cézanne y del posimpresionismo. Estilo que tuvo acogida comercial durante unos años, principalmente con bodegones y paisajes, pero que lo distanciaron definitivamente de las corrientes dominantes del arte colombiano de finales del siglo pasado. Es llamativa la cercanía que existe con la pintura de temas similares de Jorge Elías Triana del mismo periodo, siendo tolimenses ambos creadores. La atemporalidad de los trabajos de estas décadas, no niega las cualidades plásticas que podemos encontrar en algunas de las obras. 

     

    En 1985 hace parte de una colectiva en el Kulturkreis Torhaus de Hamburgo, con pintores alemanes de estética similar, y en abril del 86 está en las Jornadas Iberoamericanas de Franckfurt en el Institut für Stadtgeschichte im Karmeliterkloster. Participa dos años después en el XX Salón Internacional de Agosto de la Fundación Alzate Avendaño, que tuvo por título “Homenaje al Bodegón”. En 1994 decide abrir su propia galería en una finca en La Calera, a las afueras de Bogotá, que mantendrá durante 10 años. En la década del noventa expone regularmente en las muestras de los aniversarios de Ibagué, es publicado en los libros de Forma y Color Colombia y en Pintores del Tolima Siglo XX de Pijao Editores y en 1998 es condecorado por la Alcaldía de Ibagué con la orden Andrés López de Galarza, por sus aportes a la plástica local, mostrando 50 obras en la Biblioteca Soledad Rengifo. Comenzando el nuevo siglo tiene una individual en la Fundación Gilberto Alzate Avendaño, la poeta Maruja Viera escribe una nota elogiosa para su muestra en la Galería de la Cámara de Comercio de Bogotá del 2001 y participa en otras colectivas hasta su fallecimiento en agosto de 2008.

     

    Aunque la fecha de nacimiento (1927) y la actividad de los años iniciales lo colocan en medio de la generación que va de Alejandro Obregón y Enrique Grau, ambos de 1920, a Fernando Botero nacido en 1932, artistas con los que expone y entabla amistad en los años cincuenta, tan definitivos para la consolidación del arte moderno en Colombia; la cercanía personal  con Ignacio Gómez Jaramillo, Pedro Nel Gómez y demás artistas de la generación anterior, tan influenciada por el muralismo mexicano, así como por sus propias inclinaciones plásticas y políticas, hacen que desde mediados de los años sesenta se distancie del grupo que definió el arte colombiano del siglo XX y cuya sombra cubrió a muchos artistas durante décadas.

     

    Sin embargo, la luz multicolor que desde los vitrales de Soto Jiménez de la iglesia del San Simón recorre las suaves curvas de la potente arquitectura modernista de Juvenal Moya, los logros de la Escuela de Bellas Artes, que funcionaría de 1956 a 1978 y los alumnos que escribieron importantes páginas de la historia del Arte Nacional, justifican el reconocimiento perenne que le hacemos desde el Museo de Arte del Tolima, celebrando nuestros veinte años de existencia.

     

    Darío Ortiz Robledo