Trabáronse entre sí cual si hubiesen sido de cera derretida
y  mezclaron sus colores de suerte,
que ni uno ni otro parecían ya lo que habían sido:
a la manera que sube por el papel antes que la llama
un color pardusco que todavía no es negro
y el blanco desaparece.
                                                                                                    Infierno, canto XXV

 

Hay  una llama en la mente del grabador que dialoga con las sombras,  que penetra los misterios  guardados en la materia y que quiere develar otros, quizá los que  su alma guarda  para siempre, sus tesoros,  y que esperan ser convertidos  en paisaje, en figura   o en metáfora. Muy despacio, verso a verso, ya que no sé caminar de otro modo, me he ido acercando a la orilla del mundo y  he visto  bajar esa llama  ardiendo  desde los bosques de la historia del arte y  detenerse febrilmente en  las  pupilas de Darío Ortiz, que abre los párpados  alucinados  y  ve brillar el mundo antiguo desde sus telas o sus dibujos.

Los grabados de Darío Ortiz son una confrontación a los versos del Dante,  a su azarosa soledad que es infinita, al mágico misterio de la poesía y su increíble poder de seducción, capaz de traspasar los tiempos y las lenguas para perdurar y ser sinónimo a su vez de todos los afectos.  Cualquier versión del infierno de la Divina Comedia deja percibir el horror, la pobreza moral y un sentido caótico mientras Dante es conducido por Virgilio, su maestro. En estos grabados Dante asciende a la contemporaneidad. Su tragedia es la tragedia del hombre del siglo veintiuno en  una especie de profética elocuencia manchada de esplendor y estilo.

Dante, el poeta florentino, aparece en jeans y zapatos tenis, mechudo y con colita, corriendo por las lindes de las torres gemelas en Manhattan, la isla de los muertos, el 11 de septiembre. La ciudad en el texto Dantesco se llama Dite,  cuya sombra terrorífica cae sobre los espíritus, azotados por el fuego. En este momento de mi  texto anochece. En los grabados aún llamean las torres y el humo empaña la memoria.

Darío Ortiz  nos lleva de la mano cual Virgilio,  por el subterráneo  poema que verso a verso  va esculpiendo sobre el inconsciente colectivo y sus metáforas. Ardua, laboriosa,  genial, su mente entrega a la soledad contemporánea una mágica  porción de infinito, a través de un clásico inmortal que ya había hecho memorable en sus grabados Gustavo Doré.

Estás imágenes nacidas  en desgarradoras noches de insomnio entre aguatintas y aguafuertes, permanecerán como una magia nueva, como una interpretación irreverente del Dante que percibimos desde siempre.

El simbolismo de este poema monumental agota todos los rigores filosóficos y teológicos para justificar un amor: la delicada voz de Beatriz, la voz de Beatriz en el Paraíso, la voz inmortalizada de una mujer  que Dante vio cuando era  niña en Florencia. Para encontrar en Darío Ortiz el amor simbólico de Beatriz no habría  que mirar estos grabados infernales sino el resto de su obra, los cadenciosos lienzos atiborrados de mujeres reales y antiguas.

La búsqueda de un simbolismo estético y la fuerza que lo habita, hace que Darío Ortiz resuelva tomar como modelo el infierno de Dante para obtener los efectos que quiere, para entrar como  testigo de su tiempo y dejar un legado artístico de una ironía exquisita, tan maravilloso como cruel. Lo que en el fondo pudiera parecer un divertimento, puede que sea en realidad una denuncia. Una de las versiones sobre el por qué el  poeta Dante escribió la Divina Comedia, dice que la hizo para vengarse de sus contemporáneos que no lo querían y entonces los metió en el infierno y los torturó eternidad; tal vez entendió que, como dijo Sartre en irónico francés: “El infierno son los otros”.

Además de hacer alusión a Manhattan y su 11 de septiembre a la devastación histórica de sus torres, Darío Ortiz también aborda otros hechos contemporáneos, como las torturas o los genocidios. En el canto XV del infierno, por ejemplo,  se hace alusión  a los réprobos castigados por violencia contra la naturaleza. En éste círculo donde los caben curas y letrados que han pecado en lujuria contra natura. Darío Ortiz los confunde con los curas pedófilos que actualmente han sido condenados y avergonzados por la iglesia católica.  La degradación de la fe y el abuso constituyen en extremo una carencia de valores y de principios morales que alimenta una pasión infernal y arroja una sombra muy grande sobre la iglesia y sus doctrinas.

Miro al cielo atiborrado de estrellas y de mitología que nos cubre a todos, presionado por el tiempo y por el libro que tengo de cabecera, La Divina Comedia,  con la impresionante  nota  preliminar de Jorge Luis Borges que evoco en éstos grabados. Nunca se me olvidará que comienza con la palabra “imaginemos”. Ese es el verbo más poderoso de todo el poema dantesco. No hay otro. Esa palabra es la puerta.

Fernando Denis 2010

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