LA PERSISTENTE VIGENCIA DE LA PINTURA

Eduardo Serrano

En el inmenso océano de mediocres presentaciones que buscan a toda costa una contemporaneidad que por lo general les es esquiva y en el cual ha naufragado buena parte de la escena artística nacional, resulta por demás vivificante volver a mirar pintura, con toda su reputación de retaguardia y su intención, si se quiere, extemporánea, de afectar sensiblemente al observador y de volver a valorar las consideraciones estéticas como uno de los componentes imprescindibles del arte.

La obra de Douglas Mendoza es, desde todo punto de vista, pintura pura, sin lucubraciones filosóficas, ni alardes metafísicos, sin temas sociales, ni arengas políticas, sin preocupaciones ecológicas ni mensajes subliminales, sólo pintura, con todo lo que esta práctica artística puede significar.

Es por este convencimiento en la validez de la pintura que en la obra de Douglas Mendoza los pigmentos no buscan funciones extravagantes sino cumplir su cometido de aportar el color. Es también por este convencimiento que sus colores absorben las ondas de luz que el pintor considera necesarias para que el ojo y el cerebro del observador lo identifiquen tonalmente, y pueda complacerse en sus combinaciones, superposiciones, veladuras y reflejos.

Lo que Douglas Mendoza busca es claramente la transmisión de sensaciones a través de la pintura y por ello en sus trabajos  la tela, la vieja tela que se empezó a utilizar consistentemente como soporte pictórico en el renacimiento pero que también se empleó para tales efectos desde la antigüedad, cumple a plenitud con su papel de sustento liviano, de superficie que adopta los colores y los conserva, y que recibe dócilmente las pinceladas a veces suaves, a veces fuertes, de acuerdo con el ánimo del pintor, sin necesidad de que Douglas Mendoza tenga que salir a buscar un material nunca utilizado previamente como fundamento artístico para lograr originalidad.

Ahora bien, como su trabajo es claramente modernista y heredero de la larga tradición de la pintura, podría afirmarse que su obra no sólo es abstracta sino también expresionista ya que no sólo, no intenta representar, sino que brota espontáneamente, de acuerdo con el estado anímico, del artista, con su actitud o disposición emocional en el momento de llevar a cabo la obra. Igualmente, su color es impredecible, en algunos trabajos puede primar cierta tonalidad que establece el espíritu de la obra, su personalidad, pero en otra obra del mismo período puede predominar otra tonalidad distinta que tiene efectos diferentes en el observador.

Al mismo tiempo, sin embargo, su obra pone de relieve una ansiedad pictórica incontenible, una fruición que le impide cualquier clase de sosiego, un dinamismo sin tregua en cuanto a la ejecución de sus trabajos, cuyas pinceladas dan clara cuenta de sus movimientos, de sus acercamientos y alejamientos al confrontar el lienzo, de sus segundos pensamientos, y de su complacencia cuando los pigmentos, aplicados sin otro orden que el de sus impulsos  le ofrecen la seguridad de que lo que esperaba presentar, que no estaba pre-establecido pero sí intuido, se halla finalmente terminado.

En sus lienzos se combinan líneas y planos, áreas matéricas y áreas tersas, luces y sombras, sugerencias de espacios profundos y también de tridimensionalidad, todo lo cual enriquece la apreciación de sus trabajos y dispone al observador para escarbar visualmente en las superficies hasta identificar la razón de ser de las sensaciones, a veces más poéticas que otras, a veces más agitadas que otras y a veces más seductoras que otras, que el artista le quiso transmitir.

Si hubiera que acudir a la historia del arte para definir sus trabajos habría que referirse a Alejandro Obregón quien puso los cimientos para que artistas como Douglas Mendoza continuarán por derroteros propios y con su particular sensibilidad construyendo una imagen visual que exprese las impresiones y las emociones que suscita América Latina. Y apoyándose exclusivamente en su aproximación experimental e instintiva a la pintura, la obra de Douglas Mendoza es de una refrescante irracionalidad constituyendo, no tanto una línea de pensamientos concatenados, sino una forma visual de conciencia espiritual.

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